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4 de noviembre de 2021

 

Han pasado cuarenta años desde que Lorca guiara al director Carlos Saura

por el camino del cine musical a través de "Bodas de Sangre", de la mano

de Antonio Gades, para crear un género cinematográfico propio. Y

veinticinco, sus Bodas de Plata, como ambos bromeaban en la Seminci,

desde que comenzó la relación profesional y personal del director

oscense con el oscarizado director de fotografía Vittorio Storaro.

 

La tercera de las relaciones fundamentales en su trayectoria, y

necesarias para entender esta obra, es la que tuvo con su mentor, Luis

Buñuel, y la influencia de ese mágico trío formado por Buñuel, Lorca y

Dalí dentro de su obra. De nuevo, en esta película podemos encontrar su

esencia, tanto en el surrealismo que impregna toda la historia, como en

el boxeador del espejo roto, un guiño a don Luis, o como el homenaje que

parece la película en sí a la obra teatral "El Público" del escritor

granadino (aunque el oscense sostiene que no la leyó o vio), cuyo tardío

estreno se imita en esa escena final sembrada de arena azul, con el

público enfrentado en torno a la escena.

 

Al igual que en la obra de Lorca, en "El rey de todo el mundo" (2021) un

autor teatral está montando un espectáculo; sin embargo, en vez de tener

a Romeo y Julieta, tenemos a un don Juan y una doña Inés, con un don

Diego para completar el triángulo. La metateatralidad es el marco de la

película, que facilita esa mezcla entre sueño y realidad, entre realidad

y deseo, por la que transitan los personajes a través de esos espejos en

busca del tiempo. Ese tiempo que permita volver atrás, rehacer la

historia o, como intenta Manuel en su relación con Sara, borrar el

pasado y empezar de nuevo.

 

Vemos máscaras y juegos de espejos, una Catrina escondida tras un velo,

círculos que se convierten en triángulos y acaban siendo cuadriláteros;

teatro dentro del teatro. La historia de México se nos presenta a través

de su música, desde el México indígena hasta el de la corrupción y el

asesinato, caras de un prisma que nos cuentan el pasado y el presente de

un país, y quizás el futuro. Hay amores que huyen de tópicos "oídos en

un culebrón", una heroína que no espera ser elegida o ganada como un

trofeo, que es ella la que decide su futuro y venga su honor familiar.

También aparecen mujeres fuertes que son la espina dorsal de un país

nacido del sufrimiento, como nos dice Sara, la que ya no quiere mirar

atrás. Todo eso a la vez es "El rey de todo el mundo".

 

Aunque Manuel quiere en cierto momento convertir esta obra en un "West

Side Story", donde bandas de muchachos se enfrenten por la conquista de

una mujer, ese Romero y Julieta a lo hispano se convertirá finalmente en

hombres y mujeres que bailan formando dos bandos. Todo ocurre en pueblos

que, a través de los colores de sus faldas al bailar, formarán banderas

que lucharan entre sí. Y el ruido de su lucha no les permitirá oír al

verdadero enemigo, que se acerca con su gris militar para acabar con la

vida, con el color.

 

Esta obra se convierte en un canto a la unión de las culturas, de dos

pueblos separados que necesitan volver a unirse para enfrentarse a la

muerte. Y para ello, siempre cuentan con el azul de los sueños, de la

ilusión, del teatro; ese teatro que permite volver a empezar, como decía

Manuel "desde cero", levantarse después de la destrucción para crear una

nueva representación.

 

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