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17 de junio de 2016

En las películas negras de antaño siempre se sabía por dónde andaban los

buenos y dónde se escondían los malos. Pero como todas las cosas que en

la vida son, con el siglo glorioso que llevamos a nuestras espaldas, han

cambiado las tornas y las apariencias. No sabes nunca o casi nunca donde

están los polis buenos y los canallas a los que les toca combatir por

uniforme y convicción. "Blue Bloods" es una magnífica serie de TV que

protagoniza Tom Selleck y que muy bien podría estar en la pantalla más

grande.

 

Y ellos, esos detectives y uniformados de Nueva York, tampoco saben

exactamente por dónde andan los buenos y dónde tienen su madriguera los

malos.

 

La familia del director de la policía (Tom Selleck), los Reagan, casual

casualidad, forman una familia dominante en la colmena de la vida y

llega un momento en que no sabes quién se parece más a los energúmenos

del Padrino. Ambigüedad, divina mezcla de situaciones y personajes, que

deja perplejo al espectador, que querría saber si los que vienen

pertenecen al Séptimo de Caballería que les sacará de sus angustias o

son comancheros malos sin fe ni ley.

 

Zumban los zánganos en alegre ballet del que, con un cachito de agua,

Ester Williams podría ser la dueña y señora.

 

Los machos de las abejas reinas se multiplican al infinito, hasta

hartarse de zumbar para ser "holgazanes que se sustentan de lo ajeno"

según dice el diccionario de la Real Academia, ese que se consulta

pasando hojas con saliva o a pelo.

 

Todos en chanclas y a lo loco.

 

Nos acostumbramos a los ditirambos que se cruzan, se entrecruzan y se

tejen como bufanda navideña de otros tiempos entre comentaristas que ya

sea en el fútbol o en el cine no se ahorran los superlativos gratuitos,

regalados. Casi nadie pone una nota coherente de crítica necesaria. Todo

es bello, todo el mundo es bueno. Felicidad a gogo o con gogos que luego

salpican la actualidad de las violaciones de los más estrictos derechos

humanos.

 

Leer reseñas de libros o reseñas de películas es exponerse a un alud de

parabienes que te aturrulla como si la Santa Inquisición se hubiese

perdido en una aduana australiana. Y no solo en un país. En todos o casi

todos. Como si la consigna venida de los testigos de los 66 fuese

elogiar por elogiar que siempre algo quedará.

 

Los zánganos se regodean en medio de tanto parabién para nada. Los

informativos televisados te dejan ver un mundo absurdo.

 

Regresas a la Edad Media cuando en un torneo de tenis una criatura, que

seguramente sirve para algo más noble y útil, mantiene imperturbable un

parasol sobre las cabezas de dos tenistas ataviadas como para el cóctel

de las siete que departen gozosas bajo palio antes de volver a la pista

de tierra para seguir ganándose unos cuantos de miles de dólares más.

Aunque la mañana haya estado flojita.

 

Quizá esos 300.000 euros que una funesta publicidad aconseja a los

jubilados que tengan a mano si quieren asegurarse un fin de vida

agradable, invirtiendo en fondos de no sé qué Julio Verne. De la Tierra

a la Luna. Sin viaje de regreso.

 

Ya, pero quizá sean jubilados del tenis profesional.

 

Otros cuantos miles es por lo visto lo que paga un astro de fútbol por

un tiempecito solazándose en la cubierta de un yate blanco. Y se supone,

lo supone uno, que las viandas y la tripulación en biquini no están

incluidas en el precio. Como seguramente tampoco los zumos de piña.

 

Un telediario nacional abre su edición reseñando, acalorado el

presentador o la presentadora, que Fulanito, el rey del tenis, el que

más dinero le saca al minuto de raquetazo, no podrá jugar en no sé qué

torneo con hierba o así me ha parecido. Hay consternación en la voz

anunciadora. Voz de desastre de huracán sobre el Caine.

 

Esa noche, o esa mañana, no se hablará de emigrantes o inmigrantes

ahogados en el mar, que la terminología apabulla un rato, Los miserables

negros de las pateras, pagadas como si fuera el yate blanco del

futbolista, tienen modales y saben cuándo hay que callar para no

molestar a los amitos blancos. Y salirse de foco con dignidad.

 

Es que las universidades africanas son de una exquisitez que ni la

Madame de Montespan cuando servía el té en Versalles.

 

Pero los zánganos siguen volando, libres y satisfechos. C’est la vie,

 

mon cher. Claro, la puta vida, que dice el castizo de Benamejí.