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26 de mayo de 2016

¡Tanto quejarse de las noches en vela y con constantes visitas a su

cuna! Ahora, según un estudio de la Universidad de Toronto, resulta que

los sollozos de un bebé tiene un efecto positivo en nuestra función

cognitiva, informa Tendencias 21. En concreto, hace que dicha función

sea más flexible, para que podamos atender tanto al niño como al resto

de tareas que la vida cotidiana demanda.

 

"El instinto de los padres parece estar programado, sin embargo, nadie

habla de cómo ese instinto puede incluir la cognición", explica David

Haley, co-autor del estudio y profesor asociado de psicología en dicha

Universidad.

 

"Si simplemente desplegáramos una respuesta automática cada vez que un

bebé empieza a llorar, ¿cómo podríamos pensar sobre la presencia de

elementos preocupantes en el entorno o sobre la mejor manera de

responder a la angustia de los niños?"

 

Test de Stroop

 

La investigación se centró en el efecto de las vocalizaciones infantiles

-en este caso, grabaciones de audio de un bebé que reía o lloraba- sobre

adultos, mientras estos completaban una tarea cognitiva.

 

La tarea en cuestión fue el test de Stroop, que analiza las

interferencias en el tiempo de reacción. Los científicos pidieron a los

participantes que identificaran rápidamente el color de una palabra

impresa, sin tener en cuenta el significado de la palabra en sí (lo que

generaba un conflicto cognitivo).

 

Entretanto, la actividad cerebral de los voluntarios se midió utilizando

la técnica de electroencefalografía (EEG). La tarea cognitiva fue

realizada inmediatamente después de que los voluntarios escucharan

grabaciones de vocalizaciones infantiles de dos segundos de duración.

 

Los datos cerebrales revelaron que el llanto de los bebés reducía la

atención de los adultos en la tarea y aumentaba el procesamiento del

conflicto cognitivo, en comparación con las risas infantiles.

 

El procesamiento del conflicto cognitivo es importante porque controla

la atención, una de las funciones ejecutivas más básicas y necesarias

para completar una tarea o tomar una decisión, señala Haley.

 

"Los padres están constantemente tomando decisiones y tienen diversas

demandas que compiten por su atención", añade Joanna Dudek, principal

autora del estudio.

 

Por ejemplo, "pueden estar en medio de una tarea cuando su hijo empieza

a llorar. ¿Cómo se mantienen en calma, fríos y serenos, o cómo saben

cuándo dejar lo que están haciendo para atender al niño?"

 

Aumento de la flexibilidad cognitiva

 

Ya se había demostrado que el llanto de los bebés puede causar

"aversión" en los adultos, pero este estudio también demuestra que dicho

llanto puede crear una respuesta adaptativa.

 

La respuesta consistiría en una "conmutación" en el control cognitivo de

los padres, de tal manera que estos puedan responder eficazmente a las

necesidades emocionales de sus hijos, al tiempo que hacen frente a otras

demandas de la vida cotidiana, sigue explicando Haley.

 

Así, el llanto de un bebé activaría el conflicto cognitivo en el

cerebro, pero también podría enseñar a los padres cómo enfocar su

atención de forma más selectiva.

 

"Esta flexibilidad cognitiva es lo que permite a los padres elegir

rápidamente entre responder al bebé o a otras demandas lo que,

paradójicamente, puede suponer ignorar al niño momentáneamente".

 

Un instinto profundamente arraigado

 

Estos resultados se suman a un creciente cuerpo de investigación que

apunta a que la atención a los niños ocupa un estatus privilegiado en

nuestra programación neurobiológica; un estatus profundamente arraigado

en nuestro pasado evolutivo. También muestran, como nota Haley, la

enorme capacidad de adaptación de la función cognitiva en el cerebro humano.

 

Otro ejemplo de hasta qué punto la atención a los niños está enraizada

en nuestra biología lo encontramos en un estudio del año pasado. En él,

investigadores de la Universidad de Michigan (EEUU) descubrieron que el

llanto de los bebés puede reducir la hormona testosterona en sus padres.

 

Aunque esta reducción no siempre esté asociada con una ‘buena

paternidad’", explicaron entonces los científicos, sí que resulta

 

necesaria para la protección del bebé en situaciones de peligro.